I
Cuando en noviembre de 2025 le preguntaron en rueda de prensa al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, si consideraba que Donald Trump era un fascista, el propio presidente de Estados Unidos, que estaba sentado a su lado en el despacho oval de la Casa Blanca, ofreció una descarada pero efectiva lección de realpolitik.
Como hombre indiscutiblemente poderoso y también perjudicial para la democracia y los derechos humanos, Trump respondió entre risas dirigiéndose a Mamdani mientras le daba un par de palmaditas en el brazo: «Está bien, puedes decirles que sí… eso es más fácil que explicarlo. A mí no me importa».
Convirtió así en anécdota socarrona una diatriba urgente y delicada, por no decir trágica, tomando en cuenta sus constantes abusos y lo que ha generado su brutal política migratoria.
La escena volvió a mi cabeza cuando vi la foto reciente de Trump levantando el pulgar junto a Delcy Rodríguez e interpreté ese gesto como símbolo inequívoco del like en las redes. Recordemos que el presidente norteamericano ha repetido, después de encarcelar a Nicolás Maduro en Nueva York, que Rodríguez, pieza fundamental del mismo régimen dictatorial y criminal, le parece una excelente gobernante.

Hay algo revelador en esta imagen.
Cuando María Corina Machado le regaló la medalla del Premio Nobel de la Paz al propio Trump fue objeto de críticas feroces, algunas de ellas lógicas, por parte de periodistas y medios alineados con los valores de inclusión social de la izquierda democrática. Incluso hubo autores y firmantes que renunciaron a participar en eventos a los que ella estaba invitada. Gente que señalaba como un despropósito que le otorgaran aquel justo reconocimiento en Noruega y que había permanecido en silencio frente a las encarcelaciones y torturas que hubo en julio y agosto de 2024 en Venezuela, cuando miles de personas, entre ellas adolescentes y mujeres, salieron a protestar por el fraude electoral cometido por Maduro y sus aliados.
A raíz del Nobel a Machado se escribieron páginas semanales que, por fortuna, lograron que Venezuela volviera a cobrar relevancia en la agenda informativa. La pauta era clara: según muchos medios progresistas ella representaba un peligro por su afinidad con Trump y con los gobiernos más neoliberales y conservadores de la región.
Ahora, Delcy Rodríguez se inclina ante ese mismo hombre para conservar el poder mientras entrega una parte sustancial de las reservas petroleras y de la soberanía de Venezuela a Estados Unidos. Pero sus acciones, claudicantes y serviles, propias de una capitulación, reciben una atención mucho más discreta por parte de esos medios. ¿Por qué? Me temo que es porque su discurso sigue sin sonar alineado con el de los líderes de derecha.
Este es un problema gravísimo. Profundo.
Una parte del periodismo y de la opinión pública progresista sigue interpretando la política internacional mediante categorías ideológicas absurdamente rígidas. Al condenar la proximidad de Machado a Trump y tratar con ambigüedad la sumisión de Rodríguez se construye un doble rasero que termina oscureciendo aquello que debería importar: lo que hacen los gobernantes.
Se repiten términos como «pragmatismo» o «complejo» en reportajes y artículos de opinión para valorar esta nueva relación de vergonzosa subordinación entre Venezuela y Estados Unidos. Sin embargo, para los venezolanos no es una realidad extraordinaria: en las últimas dos décadas, pese a mantener relaciones con diversos socios comerciales en torno al petróleo, como Estados Unidos, India, España o Francia, Venezuela ya se había arrodillado ante potencias como Rusia y China con acuerdos muy desventajosos. Lo mismo ―de forma opaca para esquivar sanciones comerciales― ante Irán o Turquía. Era el precio que pagaba el chavismo para mantenerse al mando del dinero venezolano en medio de su corrupción infinita.
Lo sigue siendo.
II
Los periodistas, en general, seleccionan dianas en función de quiénes ocupan el poder y a partir de allí buscan fallos, ilegalidades, y disparan dardos. Los opinadores suelen hacer algo similar en función de sus prejuicios y su ideología. En ocasiones se mezclan una cosa y la otra. Hasta cierto punto, tiene sentido, porque logra establecer contrapesos de cara a la audiencia.
El problema surge cuando las categorías terminan sustituyendo a los hechos.
Los personajes públicos con mayor exposición son cada vez con más frecuencia los más odiosos y performativos, los más extremistas o controversiales. Los del verbo más encendido, los que despiertan más emociones. Los radicales. Al darles mayor protagonismo se favorece la política-espectáculo, y ellos han aprendido a la perfección cómo aprovecharla.
En el pasado, Silvio Berlusconi y Hugo Chávez ya habían entendido cómo dominar espacios similares gracias a un poder hegemónico. Cada uno supo, a su manera, cómo horadar la verdad e imponer su agenda de comunicación gracias a una identidad férrea, una picardía vulgar pero eficaz y una supuesta fortaleza ideológica que servía para ocultar una corrupción monumental. Donald Trump ha llevado esa lógica mucho más lejos.
Los medios pueden hacer un seguimiento más o menos serio de este tipo de líderes, pero, al mismo tiempo, de forma consciente o inconsciente, terminan reforzando sus agendas a partir de las declaraciones más altisonantes. No cuesta demasiado citar frases para rellenar notas informativas, y así es más fácil establecer una postura y explicar cierta manera de entender el mundo: izquierda-derecha. Punto y pelota.
La necesidad de captar lectores y de tener un posicionamiento ideológicamente claro pesa demasiado. Y cuando asoman contradicciones o problemas estructurales que afectan a sociedades enteras, los patinazos son dolorosos. Venezuela es un ejemplo claro.
Durante años, los venezolanos nos acostumbramos a que el régimen de Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y los hermanos Rodríguez abusara de su poder, empobreciera a la población y sembrara el terror a punta de censuras y torturas, mientras la mayoría de líderes de izquierda, con la honrosa excepción del expresidente chileno Gabriel Boric, volteaba hacia otro lado.
La relación actual entre Delcy Rodríguez y Donald Trump obliga a mirar más allá de las etiquetas. ¿Por qué la dirigente chavista puede conservar su retórica de izquierda mientras entrega a Washington aquello que durante años el chavismo decía defender frente al imperialismo estadounidense? ¿Por qué Trump puede despreciar a la oposición venezolana que buscó su apoyo y entenderse a las mil maravillas con una de las figuras centrales del régimen que combatió? Ahí está la paradoja: las palabras se las lleva el viento. El mismo que mueve los intereses del poder.
Por muchísimo tiempo resultó sencillo interpretar el conflicto venezolano dentro de un esquema ideológico conocido. Chávez, Maduro y sus delfines se proclamaban socialistas y antiimperialistas; sus opositores representaban un supuesto liberalismo que buscaba el respaldo de Washington. Cada bloque ocupaba una casilla y cada casilla permitía establecer una posición. Ahora Trump ha desordenado el tablero.
María Corina Machado, que ha protagonizado intentos fallidos para poder ingresar a su propio país, se acercó al presidente norteamericano y eso sirvió para juzgarla. Delcy Rodríguez hace lo propio y, de repente, necesitan hablar de una realidad «compleja». Quizá lo sea. La política lo es. Precisamente por eso resulta tan peligroso utilizar la identidad ideológica como atajo para decidir a quién debemos observar con mayor severidad.
Mientras en la mayoría de los medios que no obedecen a intereses claramente propagandísticos se mantenga esa lectura superficial o reduccionista de un orden binario entre buenos y malos seguiremos llenándonos de tertulianos mediocres, de tiktokers y de presidentes youtubers.
Lo más preocupante es que el péndulo, con jóvenes votantes a la cabeza, se sigue inclinando hacia un conservadurismo retrógrado y violento. Alerta, Brasil.
Por eso aquella escena entre Trump y Mamdani resulta menos anecdótica de lo que parece. Que el presidente de Estados Unidos admita entre risas que le da igual que lo llamen fascista revela hasta qué punto conoce el funcionamiento del espectáculo. Es una muestra grosera de impunidad. Sabe que puede decir hoy lo que su audiencia quiere oír y mañana afirmar lo contrario. Puede elogiar a Delcy Rodríguez y retratarse con ella levantando el pulgar.
Un «me gusta» que envía un mensaje perverso: los poderosos han aprendido a moverse con más libertad que aquellos que intentamos explicarlos.