
Los venezolanos hemos tenido que habituarnos, sobre todo en la última década, a que un buen número de políticos y figuras de los medios, la cultura o el entretenimiento instrumentalicen nuestra tragedia para cumplir con sus agendas ideológicas y partidistas.
En el mejor de los casos se trata de personas con audiencia que buscan reivindicar una idea abstracta ―a veces superficial― que los conecta con determinada forma de sentir la vida y de sentirse en ella. Por ejemplo: odio al comunismo y odio al socialismo. Por ejemplo: odio al capitalismo y odio al imperialismo yanqui.
Dan una opinión alegre para adherirse a una causa, ofrecen una declaración simple o agitan una consigna para sentar una postura, pero allí se detienen. Bien sea por flojera o porque no les interesa, ni siquiera intentan hacer un análisis medianamente informado sobre la tragedia que hemos debido enfrentar la mayoría de los venezolanos, aunque después se llenen la boca hablando de derechos humanos.
En el peor de los casos se trata de charlatanes o fanáticos, gente mezquina a la que no le importa en lo más mínimo el sufrimiento del otro. Su lógica es una sola: satisfacer su ego y doblegar a sus adversarios.
Como necesitan reafirmar su pertenencia a una corriente, a un grupo, unos y otros declaran en consonancia con, se manifiestan en favor o en contra de… Ah, la derecha. Oh, la izquierda. Como si el poder y el devenir de las sociedades, complejas como son cada vez más, solamente tuvieran dos opciones, dos lecturas, dos realidades, dos destinos. Una infantilización del debate que no es casual ni es inocente, y que los deja muy tranquilos, porque les hace creer que están aportando algo valioso en su mundo de videojuego, que el planeta imaginario que habitan en sueños agradece su postura.
Entre todos ellos, los peores, para mí, son esos que, creyéndose moralmente superiores, desde un falso pedestal han ignorado y siguen ignorando olímpicamente (y públicamente, faltaba más) el sometimiento, la censura, la represión, el secuestro, la clandestinidad o el hambre que padecen millones de personas que viven en Venezuela. Esos que, de forma acomodaticia, dicen levantar la voz contra las injusticias y pretenden darnos lecciones a los venezolanos, pero nunca se han atrevido a denunciar la feroz dictadura del chavismo que ostenta el poder. Nada dijeron cuando Maduro y su clan se robaron las elecciones en 2024 (del 2018, mejor ni hablar) y nada dicen sobre el control social ni sobre la política del miedo que impera en un país sin libertades democráticas, donde han encarcelado y torturado a disidentes de todo el espectro ideológico, incluyendo a menores de edad. Hipócritas.
Y hablo, claro está, de gente que se considera «de izquierdas», que tiene afinidades con valores humanistas, como también creo que las tengo yo. Porque de los que se asumen en la acera ideológicamente opuesta no espero mayor cosa, más allá de una nueva instrumentalización. Pregúntenles a los amantes de la mano dura contra los migrantes.
A mí y a millones como a mí no nos gusta Donald Trump, no nos gusta Netanyahu; de hecho, los despreciamos. Tampoco nos gustan Putin ni Daniel Ortega ni Milei ni Petro ni Bukele ni los hijos del castrismo cubano. No nos gustan Meloni ni Orban ni Noboa ni Lukashenko. Y, por supuesto, tampoco nos gustan sus declaraciones ni sus medidas. Y que no nos inclinemos hacia unos u otros no quiere decir que seamos incapaces de reconocer las diferencias entre cada cual. Parece mentira que tenga que decir esta obviedad: no todos los venezolanos pensamos igual, pero todos estamos atrapados en la misma encrucijada con rejas.
¿Saben, en cambio, lo que sí nos gusta a la mayoría? Vivir en democracia y que dejen de explicarnos nuestro país como si no lo conociéramos, como si no hubiéramos vivido o siguiéramos viviendo allí, como si no hubiéramos tenido que salir de él para buscar una nueva vida en otros. Aprendan primero dónde quedan Valera, Camaguán, Borburata o Guasipati y después vienen a ubicarnos en medio de sus prejuicios.
El dolor y la indignación se han vuelto muy selectivos. Dicho de otra forma, parece que en toda lucha hay cada vez más olvidos voluntarios. Entiendo que tiene que ver con mantener cierta paz mental, porque de lo contrario nos volveríamos locos con tanto desmadre informativo, con tanta mentira repetida. Y cada país (cada ciudad, cada pueblo, cada caserío) tiene sus propias problemáticas. A mí me resulta lógico y comprensible que Venezuela esté en el centro de varios debates geopolíticos, y creo que es mejor que sea así. Pero no habrá debate coherente mientras se pretenda invisibilizar las múltiples razones que han expulsado del país a ocho o nueve millones de habitantes.
A aquellas figuras que ahora ponen el grito al cielo y firman cartas o se toman fotos dándose golpes de pecho por el amenazante futuro de Venezuela ―como si el presente no fuera dolorosamente inmoral―, pero durante años jamás han publicado ni media crítica en contra de los abusos de poder de un gobierno dictatorial, populista, extractivista, hambreador y violador de los derechos más elementales, permítanme decirles algo muy evidente: a ustedes los venezolanos les importamos tres pepinos. Quítense esa careta. No vayan por ahí posando de ciudadanos sensibles, solidarios y empáticos con nuestra causa. Pero tampoco dejen de decir lo que tengan que decir. No paren de criticar lo que creen que está mal. Las reivindicaciones son necesarias e importantes. Sigan alzando la voz y luchando por un mundo más justo, más igualitario. A su manera, en cualquier espacio que consigan. A fin de cuentas, es algo que un venezolano no podría hacer dentro de Venezuela porque seguramente terminaría encarcelado o silenciado. Aunque eso a ustedes les dé un poco igual.