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Leo Felipe Campos
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Los zapatos del venezolano

Desde hace más de una década hemos venido agotando todos los mecanismos diplomáticos y pacíficos para intentar recuperar la democracia.

  • 4 enero 2026

Millones de venezolanos seguimos procesando lo que ha ocurrido desde la madrugada del 03 de enero, por no hablar de los últimos veinticinco años. Lidiamos con una compleja mezcla de emociones mientras recordamos a los presos, muertos y torturados por la dictadura chavista: esperanza, por un cambio que devuelva a nuestro país a la senda democrática; una alegría visceral por la detención del tirano y su esposa, expectación por lo que pueda pasar de ahora en adelante, miedo ante la posibilidad de que el conflicto militar escale y deje más vulnerable a la población civil, rabia frente a las manifestaciones colonialistas de Trump… ¿Cómo se gestiona todo esto?

Recordemos que antes de llegar a este punto hubo un secuestro paulatino de los poderes públicos por parte de Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, Elvis Amoroso, Vladimir Padrino López y compañía; ellos diseñaron fraudes electorales con apoyo silencioso de líderes internacionales; instalaron una severa censura mediática y bloquearon servidores para generar blackouts informativos, lo siguen haciendo; boicotearon mesas de diálogo en el extranjero; criminalizaron las protestas con persecuciones, detenciones arbitrarias, asesinatos y torturas que han quedado documentadas; dotaron con armamento y protección a grupos de choque, es decir: crearon bandas paramilitares al servicio del poder; estimularon el control social… Más de ocho millones de venezolanos tuvimos que abandonar el país en la última década debido a la violencia institucional. No pocos han enfermado y han muerto intentando cruzar diversas fronteras, como la selva del Darién.

Entiendo a mis amigos extranjeros que miran con miedo y estupor el operativo del gobierno de Estados Unidos para capturar a los dictadores Nicolás Maduro y Cilia Flores en Venezuela, porque claramente se han vulnerado los principios del derecho internacional y se ha sentado un precedente amenazante para la estabilidad democrática de otras naciones, sobre todo en América Latina. 

Trump, un ególatra peligroso y autoritario, ha hablado públicamente sobre la doctrina Monroe y ha dicho sin despeinarse que a su administración le interesa controlar el petróleo venezolano y negociar con él, apelando a una idea absurda y a una fórmula que se repitió a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, en particular desde 1954 con la primera operación secreta de la CIA en América Latina, que acabó en un golpe contra el presidente guatemalteco de entonces, Jacobo Árbenz Guzmán. Esta manifiesta violación de la soberanía no está en discusión.

Sin embargo, los principales responsables de lo ocurrido en Venezuela este 03 de enero de 2026 son los altos mandos de las Fuerzas Armadas venezolanas. Ellos desconocieron la voluntad popular al respaldar el fraude electoral de Nicolás Maduro (devenido en golpe de Estado) tras su derrota aplastante en las elecciones presidenciales del 28 de julio del 2024 a manos del candidato y a la postre presidente en el exilio Edmundo González Urrutia.

Maduro no es el Presidente de Venezuela. Fue él quien dio un golpe de Estado con el apoyo de sus aliados en el poder. Él y sus secuaces, nadando en dinero, son los que han hablado constantemente de lucha armada, de combate y de batallas mientras la población se empobrece más y más.

Los venezolanos, desde hace más de una década, hemos venido agotando todos los mecanismos diplomáticos y pacíficos para intentar recuperar la democracia, incluyendo innumerables manifestaciones multitudinarias que fueron reprimidas con crueldad. Políticamente no había otras opciones. Por eso la gran mayoría en sus redes y en el país celebra lo que ha ocurrido. Porque, frente a esa realidad, la mentada autodeterminación de los pueblos no es más que una frase que suena bonita, grandilocuente pero vacía de contenido.

En general, los venezolanos dentro y fuera de Venezuela están felices de que a Maduro se lo hayan llevado esposado a Estados Unidos. Y así como muchos ciudadanos de otros países dicen hoy, con toda la razón, que oponerse a Trump y a su acción en Venezuela no es apoyar a Maduro, millones de venezolanos pensamos lo mismo, pero al revés: aplaudir la captura de un sátrapa que ha desconocido la soberanía popular secuestrando los poderes públicos (y los recursos del país) no es apoyar la vulneración del derecho internacional.

Sí, por supuesto que la paradoja y la contradicción son evidentes. Una vez, hace muchos años, me dijo una buena amiga: “Lo que pasa en Venezuela es muy interesante… si vives en Francia”.

Hacerle frente a esto no es tan simple. Ya nos habría gustado a los venezolanos que los que hoy inundan sus redes con manifestaciones de asombro y condena a Estados Unidos hubieran hecho lo mismo cuando un grupo envilecido de poder vulneraba nuestra soberanía popular. Lo mismo con los gobiernos de Colombia, Brasil, México y España, por citar cuatro países importantes que nos han acogido a tantos de nosotros. Pero así es la (geo)política: las indignaciones han de ser selectivas por naturaleza y quienes deben garantizar el cumplimiento del orden constitucional y la soberanía territorial y popular no son los presidentes ni los ciudadanos de otros países, sino los altos mandos de las Fuerzas Armadas nacionales, y ellos mismos, en el caso venezolano, fueron ideólogos y ejecutores de la represión; levantaron las armas contra su pueblo, incluso contra menores de edad. No defendieron la comandancia del presidente elegido por la gran mayoría de los venezolanos y permitieron que se llegara hasta aquí. 

Los próximos días serán críticos. Seguramente habrá incertidumbre y confusión, una vez más los líderes y voceros de partidos políticos a lo largo y ancho de Occidente instrumentalizarán la tragedia venezolana para sus propios fines, se activarán múltiples aparatos de propaganda y circularán informaciones sin verificar. Por eso es importante seguir fuentes fiables y compartir solamente aquella información que esté contrastada.

Con Maduro en el poder no había legitimidad democrática ni garantías constitucionales reales para los venezolanos. Tras este ataque militar estadounidense, tampoco. 

Todos (o casi todos) queremos que haya una transición pacífica, democrática y duradera, pero la salida del dictador no la garantiza por sí sola. Habrá que ver si finalmente se dan negociaciones con María Corina Machado y el presidente en el exilio Edmundo González Urrutia, que, dicho sea de paso, se ha mostrado frágil hasta ahora, casi invisible; hay que esperar a conocer cuál será el reacomodo en las cúpulas del chavismo, incluyendo sus fuerzas de choque, los colectivos armados y las células guerrilleras del ELN que controlan espacios en distintas zonas del país. Sobre todo, hay que ver cómo reaccionará el alto mando de las Fuerzas Armadas venezolanas, que hasta ahora ha actuado de espaldas a la mayoría de la población.

Amigos no venezolanos fuera de Venezuela, si me preguntan, diría que deseamos lo mismo: paz, democracia, bienestar, pero analizar esta situación tan compleja desde un prisma privilegiado no es lo mismo que hacerlo con la zozobra y la angustia en el estómago porque se te han revuelto las raíces. Coherencia es mantener tus principios, tus ideales, tus valores, tu juicio crítico, sí, pero también ponerte unos minutos en los zapatos del otro, por muy apretados que puedan quedarte, y plantearte de dónde surgen sus dudas, sus emociones, sus reflexiones. Es, al menos, lo que estoy intentando hacer yo en estos momentos, incluso conmigo.

Un abrazo, y que este 2026, pese al panorama incierto y delicado, traiga la anhelada estabilidad que tanto necesitamos.

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